Hoy quiero compartir algo que, aunque pueda parecer sencillo, para mí ha sido un pequeño gran logro.
Llevaba aproximadamente un mes durmiendo apenas 4 horas al día. Un descanso fragmentado, insuficiente, que poco a poco iba pasando factura en todos los niveles: físico, mental y emocional. Me levantaba con los ojos pesados, la mente lenta, como si todo funcionara a medio gas. A la vez, vivía en un estado de hiper vigilancia constante, con un cansancio tan profundo que en ocasiones sentía que podía quedarme dormida en cualquier rincón… algo que jamás me había pasado antes.
Y, sin embargo, anoche algo cambió.
Por fin conseguí dormir 7 horas seguidas.
Puede parecer algo normal para muchas personas, pero cuando vienes de una etapa de insomnio o descanso pobre, se convierte en un regalo inmenso. Hoy me he despertado diferente. Más ligera, más presente, con otra energía. No es solo el cuerpo el que descansa, es la mente, es el sistema nervioso, es todo tu ser el que se reorganiza.
Dormir no es un lujo, es una necesidad vital. Es en el descanso donde el cuerpo repara, donde el cerebro integra, donde las emociones encuentran su espacio. Y cuando esto falta, todo se desajusta.
Aun así, sigo cuidándome. Continúo con mis ejercicios diarios y escuchando lo que mi cuerpo necesita. He decidido dejar el aquagym por ahora, ya que estoy enfocada en mi camino como futura instructora de yoga somático.
El yoga somático es una práctica que pone el foco en la percepción interna del cuerpo. No se trata de “hacer posturas perfectas”, sino de sentir, de moverse de forma consciente, de reconectar con el sistema nervioso y liberar tensiones profundas. Es una herramienta muy poderosa para personas con dolor crónico, estrés o ansiedad, porque trabaja desde dentro hacia fuera.
Además, ayer cerré otra etapa importante: después de unos meses de formación, ya soy instructora de mindfulness. Y esto también ha marcado un antes y un después en mi forma de vivir lo que siento.
A día de hoy puedo decir que emocionalmente sigo siendo, en muchos momentos, una montaña rusa. Pero ahora hay algo diferente: puedo identificar lo que me pasa, entender por qué, y gestionarlo a mi manera. Ya no me quedo atrapada ahí tanto tiempo.
Con el dolor ocurre algo parecido. No desaparece por completo, y es cierto que hay que aprender a convivir con él. Pero cuando sabes escucharlo y acompañarlo, deja de ser un enemigo constante. Hoy puedo decir que lo sobrellevo mucho mejor que hace un año.
Y, sobre todo, puedo mirar atrás y dar las gracias.
Gracias por haber salido de ese túnel oscuro en el que estaba. Gracias por no rendirme. Gracias por seguir construyendo, poco a poco, un camino más amable conmigo misma.
Hoy celebro algo tan simple como haber dormido.
Y no es poco.
Añadir comentario
Comentarios